Hoy en día, la palabra influencer ha adquirido un significado que muchos no esperábamos, y que hace algunos años ni siquiera conocíamos. Aunque entendemos lo que implica influenciar, nunca imaginamos que se convertiría en un estilo de vida tan popular. Personas que, a través de plataformas digitales, han alcanzado fama gracias a los seguidores que consumen y replican sus contenidos.
Lamentablemente, muchas de estas plataformas están saturadas de mensajes que atentan contra la integridad y los valores de la Iglesia, así como contra las verdades bíblicas sobre la identidad en Cristo, la sexualidad, el matrimonio y el perfecto diseño de Dios. Los cristianos no somos la excepción; estamos siendo influenciados por plataformas que atentan contra la edificación y el crecimiento espiritual de nuestra familia y sobre todo nuestros hijos.
Este panorama me llevó a reflexionar profundamente sobre cómo puedo convertirme en una madre influencer para mis hijas. Incluso sin una plataforma digital, ya estoy influenciando sus vidas con mi ejemplo. Porque, para ser sinceras, mucho antes de que existieran las redes sociales, cada ser humano ya era influenciado por otro, para bien o para mal. Por eso la necesidad de tomar acción y ser intencionales en nuestros hogares.
Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él.
Proverbios 22:6
Como madres cristianas, tenemos la hermosa responsabilidad de instruir a nuestros hijos durante su crecimiento y a lo largo de toda su vida. Mientras caminamos junto a ellos, tenemos el privilegio de regalarles el tesoro más valioso: el conocimiento de un Maestro digno de seguir, el mayor y mejor influencer de todos los tiempos. La mejor instrucción para nuestros hijos está en la Palabra de Dios. Cristo es el verdadero influencer. Su vida en la tierra fue un ejemplo perfecto de amor, verdad, pureza y obediencia.
La competencia con los influencers del mundo se vuelve difícil cuando no cumplimos con nuestra responsabilidad de enseñarles a nuestros hijos la Palabra de Dios.
A pesar de que nuestras iglesias ofrecen eventos que contribuyen al crecimiento espiritual de nuestros hijos, Dios ha delegado esa responsabilidad, en primer lugar, a los padres. Somos nosotros quienes debemos enseñar y ministrar con la Palabra de Dios en nuestros hogares.
Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes. Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos; y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas.
Deuteronomio 6:4-9
Este gran mandamiento fue dado al pueblo de Israel: amar a Dios con todo el corazón, reconociéndolo como el único Dios verdadero, y enseñar sus mandamientos a las futuras generaciones en todo momento y lugar. ¿No deberíamos hacer lo mismo nosotras?
A veces olvidamos que nuestros hijos; ya sean pequeños, adolescentes o jóvenes, necesitan de Dios y de sus mandamientos tanto como nosotras. Si no cumplimos con nuestra labor, corremos el riesgo de que el mundo lleno de mentiras y maldad arrebate a nuestros hijos de nuestros hogares, alejándolos de los caminos del Dios eterno. Sé que muchas veces es difícil nadar contra la corriente, pero hay algo hermoso en saber que, como cristianos, hemos sido llamados precisamente a eso: a ir en contra de las corrientes de este mundo, no a favor.
Si nos van a llamar influencers, que sea porque hemos invertido nuestros días y nuestras fuerzas en enseñar a nuestros hijos acerca de Cristo. Que sea porque hemos leído la Palabra con ellos, orado con ellos, y porque hemos sustituido cada mentira que escuchan en el mundo con la verdad de las Escrituras.
Ser una madre influencer no se trata de tener miles de seguidores en redes sociales, sino de tener a nuestros hijos como nuestros primeros discípulos. Se trata de formar corazones que amen a Dios con todo su ser, que conozcan su Palabra y vivan conforme a ella. Esa es la influencia que trasciende generaciones, que edifica hogares firmes y que glorifica a Dios.
Lissandra Hernández es esposa, madre y discípula del Señor Jesucristo. Se congrega en la Iglesia Bautista Spotswood en Fredericksburg, Virginia, donde sirve en el ministerio de damas enseñando la Palabra y acompañando a mujeres en su crecimiento espiritual. Su formación en trabajo social le ha dado sensibilidad hacia familias vulnerables, convirtiendo su labor en un ministerio práctico que refleja el amor de Cristo y además forma parte del grupo de mujeres talleristas para las Conferencias regionales y estatales de mujeres a través de nuestra Convención Bautista del Sur de Virginia (SBCV).