“Debemos recordar que los talentos con los que Dios nos ha favorecido no son excelencias que se originan en nosotros mismos, sino que son regalos gratuitos de Dios, de los cuales, si alguno se enorgullece delata su ingratitud.”
Juan Calvino
Detente por un momento y reflexiona: todo lo que eres y todo lo que tienes ha sido dado por Dios. A lo largo de la historia, hemos visto personas con habilidades extraordinarias algunos con gran sabiduría, otros con talentos artísticos o capacidades físicas admirables. Pero detrás de cada don, hay una verdad que muchas veces olvidamos: Dios es la fuente.
Tú no eres la excepción. Desde tu nacimiento, el Señor te ha dotado con capacidades únicas. Sin embargo, también sabes lo que es sentirte incapaz. Quizás hoy enfrentas una responsabilidad que te sobrepasa, un desafío en tu iglesia, en tu hogar o en tu vida personal. Tal vez dudas de ti mismo, de tu preparación o de tus fuerzas.
Pero déjame hacerte una pregunta: ¿por qué sigues mirando hacia ti mismo?
La Palabra de Dios nos recuerda que nuestras capacidades no nacen de nosotros. Cuando Dios creó al hombre, lo hizo a su imagen y le dio habilidades y propósito (Gen. 1:26-28; Rom. 12:6; 1 Cor. 12:7-8). Todo lo que tenemos proviene de Él: nuestra mente, nuestras fuerzas, nuestras oportunidades.
Incluso el crecimiento en esas capacidades depende de Dios. La Escritura nos muestra a Bezaleel, hijo de Uri, quien fue escogido para una tarea específica. Dios mismo lo capacitó:
“y lo ha llenado del Espíritu de Dios, en sabiduría, en inteligencia, en ciencia…” Éxodo 35:31
Así obra el Señor: Él llama y también equipa.
Por eso, cuando te sientas insuficiente, no te detengas en tu debilidad. Corre a Dios. Él no rechaza al que reconoce su necesidad. “Si alguno tiene falta de sabiduría pídala a Dios y él la dará abundantemente” (Stg. 1:5). Qué hermosa promesa: no solo da, sino que da en abundancia.
Y si aún dudas, recuerda esto: cuando no podías salvarte a ti mismo, Dios te dio a Cristo. “De su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia” (Juan 1:16). No fue por tu capacidad, sino por su misericordia. Si Él hizo lo más grande, que es salvarte ¿no te sostendrá en lo demás?
Aún en tu debilidad, su poder se perfecciona (Hechos 1:8; 2 Cor. 12:9). Él te capacita para vivir, para servir y para cumplir su propósito. Te ha enviado con una misión clara: “id y haced discípulos de todas las naciones” (Mt. 28; Mr. 16). Y también te ha llamado a edificar a otros (Ef. 4:11-12).
No olvides de dónde vienes: estabas muerto espiritualmente, pero Él te dio vida (Efe. 2:1). Todo ha sido por gracia.
El mundo te dirá que confíes en ti mismo. Dios te llama a algo mejor: depender completamente de Él.
Hoy, entrega tus temores, tus dudas y tu insuficiencia al Señor. Descansa en esta verdad: no es tu capacidad, es la de Cristo.
“Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén”. (Rom. 11:36)
José