¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!
Romanos 10:14-15
Hace casi cien años, un misionero estadounidense dejó atrás su familia, su idioma, sus amigos, su comodidad y su cultura para obedecer el llamado de Dios. Su destino eran las remotas montañas de Bolivia, donde dedicaría años de su vida a una tarea que parecía imposible. Pasó siete años aprendiendo español y luego quechua para poder comunicar con claridad el mensaje transformador del evangelio de Jesucristo.
Su fidelidad fue probada diariamente. Vivía en una cultura diferente, enfrentaba oposición y tenía pocos resultados visibles. Sin embargo, permaneció firme porque entendía que el evangelio vale cualquier sacrificio.
Entre las personas alcanzadas por aquel ministerio estaba mi abuela, Doña Luisa. Aunque era una devota practicante del catolicismo los fines de semana, durante la semana ejercía como curandera y consultora espiritista. Era considerada una autoridad espiritual en su comunidad y mantenía un altar privado dedicado a deidades ancestrales y santos religiosos.
Pero un día ocurrió el milagro más grande que puede experimentar un ser humano. La luz del evangelio iluminó su corazón. El Espíritu Santo la convenció de pecado y le mostró que durante generaciones su familia había vivido en oscuridad espiritual. Bajo esa profunda convicción, se arrepintió de sus pecados, rindió su vida a Jesucristo y lo confesó como Señor y Salvador.
Como evidencia de su nueva fe, comenzó a destruir uno por uno los ídolos y objetos de adoración que llenaban su altar. Lo que para muchos parecía un acto de locura era, en realidad, una demostración de obediencia al Dios verdadero.
La noticia llegó rápidamente al sacerdote del pueblo, quien acusó al misionero de sembrar confusión y declaró que una maldición caería sobre la comunidad. La hostilidad creció hasta convertirse en persecución. Mi abuela, su familia, el misionero y los pocos creyentes de aquella pequeña iglesia bautista fueron rechazados, amenazados y apedreados. Finalmente, mi abuela y sus hijos tuvieron que huir del pueblo.
Años después, cuando mi padre tenía alrededor de dieciocho años, comenzó a hacerse una pregunta que cambiaría su vida: ¿Por qué aquel “gringo” había dejado todo para venir hasta nuestro país? ¿Qué motivación podía ser tan poderosa? La respuesta fue clara: el evangelio de Jesucristo.
Esa reflexión lo llevó a entregar su vida a Cristo. Más tarde se mudó a La Paz y comenzó a congregarse en una iglesia bautista. Allí conoció a una joven que también había llegado a la fe gracias al testimonio de una misionera. Esa joven se convertiría en mi madre.
Yo tuve el privilegio de nacer en un hogar cristiano. Sin embargo, comprendí a los dieciocho años que la fe no se hereda. Durante un campamento juvenil escuché una frase que marcó mi vida: “Dios tiene hijos, pero no nietos”. Aquella noche entendí que necesitaba nacer de nuevo. Por la gracia de Dios, puse mi fe en Cristo como mi Salvador personal.
Hoy, el Señor me ha bendecido con hijos que han sido criados en el evangelio, y ellos están enseñando las verdades de Cristo a nuestros nietos.
Cuando miro hacia atrás, veo una historia que solo Dios pudo escribir. Un misionero obedeció. Una mujer creyó. Una familia fue transformada. Cinco generaciones han sido alcanzadas. Dos culturas han sido unidas. Y todo ha ocurrido por el poder de un solo evangelio.
Con profunda gratitud damos gloria a Dios por la obediencia de aquel misionero. Su fidelidad demuestra que nunca sabemos hasta dónde llegarán los frutos de una vida rendida a Cristo. El evangelio sigue cruzando fronteras, transformando familias y levantando generaciones para la gloria de Dios.
El pastor Juan Daniel Gonzales nació en Bolivia, creció en Colombia y, a los dieciocho años, emigró a Venezuela. Más tarde se estableció en Weston, Florida, junto a su esposa Nereida y sus cinco hijos. Su preparación teológica comenzó en el Seminario Teológico Bautista de Venezuela y se fortaleció con años de ministerio pastoral y liderazgo cristiano.